jueves, octubre 07, 2004

Vamos a contar verdades

He estado bastante tiempo desconectado del mundillo blogero en general. Posiblemente una de las razones es que cada blog es una ventana al mundo particular que es cada persona, y durante este mes he tenido más que suficiente con el mío propio.

Tengo una ligera sensación de dejá vu pero más continuada que un dejá vu "normal". Llevo algunos días con la sensación de que he pasado por todo esto, que esto ya lo conozco, que es como si hubiesen dado a rebobinar en la película de mi vida. Por un lado me asusta y por otro me reconforta. Es una sensación extraña. Extraña, pero conocida.

Aburríos, si queréis, oyendo, o mejor dicho leyendo, las divagaciones de este simulacro de persona que escribe; pero tened en cuenta que corréis varios riesgos al hacerlo. El primero es el de aburriros, lo que se soluciona simplemente dejando de leer; como dice alguien a quien quise mucho, la salida a un clic de distancia.

El segundo riesgo es que no entendáis lo que aquí se pone. Más que habitual cuando soy yo el que habla, pero a pesar de las apariencias, no toda la culpa es mía. En un mundo donde las verdades son tan mutables como las personas y donde los pilares se elevan, giran noventa grados en el aire y luego te caen encima, no puedo por menos que comunicar dejando entrever qué es lo que me gustaría que fuese esto. Claro que, tampoco se me da bien, de manera que cada vez hablo menos. Así, si mi silencio se malinterpreta, la responsabilidad será mía y de mi no-oyente a partes iguales. Y es una mejora. De manera que para este riesgo no puedo ofreceros una solución gratuita. Lo siento. Tampoco querría hacerlo, si pudiera. También lo siento, pero no puedo hacer más de lo que hago. Y ya hago demasiado.

El tercer riesgo es que, en caso de que entendáis lo que leéis, no os guste, o no sea lo que esperáis. Es un riesgo con beneficio, dado que implica que me conoceréis un poco más cuando terminéis la lectura. La posibilidad de tomarlo o dejarlo ya es cosa vuestra.

Soy un desequilibrado. Como vosotros. Como prácticamente todo el mundo. Lo que nos permite vivir juntos sin machacarnos es que, dentro de ese continuo desequilibrio que es la mente, hemos alcanzado un precario equilibrio, que son unas costumbres más o menos comunes. Es un equilibrio tan precario que basta una ligera brisa para que la balanza se de la vuelta. No nos engañemos. Andamos por el filo de la navaja de la vida ayudado por los bastones de La Sociedad, Los Amigos, La Familia, La pareja, Los Objetivos... todo tipo de muletas que hemos ido aprendiendo que son importantes, en el proceso de "civilización" al que somos sometidos mientras nos educan. Las personas que aparentemente se mueven con mayor seguridad simplemente tienen más muletas y/o han aprendido a moverme mejor con ellas.

Es una de las razones por las que me gustan muchos escritos de HP Lovecraft: ponen a seres humanos en situaciones donde ninguna muleta es de ayuda.

Habitualmente se cae en la locura si ellas son dejadas de lado. No porque la mente funcione peor, sino porque el comportamiento deja de ser social.

Y aquí estamos nosotros, como unos paralíticos, intentando movernos hacia alguna parte. Ahora os hago una pregunta: ¿sois capaces de diferenciar a un paralítico, a alguien que no puede mover una pierna, de una persona que no lo es, si ambas personas están paradas, sentadas o tumbadas? ¿No? Yo tampoco. No hay diferencia. Y si sí podéis, felicidades, pues vuestra percepción es comparable a la de Spiderman.

Nosotros, orgullosos de nuestra poderosa mente, hemos amontonado nubes a nuestro alrededor. Nos han divertido creando figuras de humo, sombras en una lejana pared a la luz de una antorcha mortecina, espectros luminosos y siempre cambiantes. No podemos huir de ello, no podemos salir. Estamos encerrados.

Vemos un árbol, y acto seguido aparece el concepto mental "árbol", el recuerdo que tenemos de ciertos árboles, la categoría en la que entra ese árbol en concreto según lo que hayamos aprendido... mente, mente... mente. Hay gente que piensa que el concepto es la realidad. Pobrecillos. Es como un velo, como una cortina de nubes: se puede atravesar sin esfuerzo, pero no deja ver más allá. Imágenes... son como fotografías. Cuando se mira una fotografía no se mira la realidad, se mira una imagen de algo que ya no está ahí.

Y este mundo, que es el mío también, está a hecho a imagen y semejanza de la Diosa Mente. Cambiante, lógico aunque caótico, limitado, estrecho, incómodo y permanentemente en movimiento en busca de algo mejor, asqueado de lo que es, incómodo con su naturaleza... gris.

Este es un mundo redondo, sin puertas. Y estamos encerrados dentro de él. No podemos salir... ¿o tal vez sí?

"Una vez un Maestro Zen le propuso un enigma a uno de sus discípulos. Le dijo así:
Imagina que metes un huevo de ganso dentro de una botella de cristal. Imagina ahora que el pollito nace y que le alimentas dentro de la botella, hasta que el ganso crece tanto que no puede salir de ella. ¿Cómo sacarías el ganso de la botella sin matar al ganso y sin romper la botella?"


Sí, se puede salir. A ver si el respetable adivina cómo.

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